miércoles, 1 de julio de 2009

Cenizas y Canela

Ya era tarde el sol se escondía y un suave suspiro tibio de primavera se podía respirar, me pare frente a la gran casona, en la esquina de el vecindario, sus puertas talladas en fina madera me daban la sensación de estar unos siglos atrás. Las ventanas, el patio y las tejas del techo daban vivo testimonio de que solo el polvo y los años la visitaban, con una profunda melancolía que me hacía sentir la madera podrida y los árboles secos, como quienes sobreviven a la guerra y ahora están huérfanos. Entre en aquel lúgubre jardín en el que ni el más hostil cardo crecía, recorrí el patio como quien recorre un cementerio atemorizada de ser sorprendida por quien fuese su habitante.
Entre por la puerta de atrás que se arrastraba pesadamente y con un gemir que parecía que su impotencia al verme pasar la castigara, entre a un pasillo obscuro y frió, olía a cedro y a años perdidos, como mis ojos fueron generosos recorrí la sala adornada por pólvorosas alfombras y cortinas, al fondo una chimenea bastante húmeda y el retrato familiar, subí las escaleras con tanto ruido que pudo despertar a cualquier muerto, cada uno de los escalones gritaba en mi contra o a favor advirtiéndome lo peor. Se respiraba un olor a canela húmeda y a cenizas de muerto las escaleras llegaban a la recámara principal abrí la puerta sin necesidad de gastar aliento ya que la vieja y oxidada perilla se desvaneció en mis manos, golpeada por un olor espesos en el que la canela había desaparecido por completo y solo quedaba el muerto postrado en una coma dormido la soledad ya le había quitado algunos dedos y la oreja izquierda sus únicas compañías como diablillos se deslizaron a los agujeros de la pared, su desventura era mi hallazgo su soledad era mi testimonio y de pronto como si la misma muerte me hablara deje escapar mi último aliento con la seguridad de que correría el mismo destino y que la soledad no se apartaría de mi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario