miércoles, 24 de junio de 2009

cada arruguita

Solo me saludo de mano, simple, corriente saludo de mano, no hostilmente, no sofocado, apretado supo darle la fuerza necesaria, el movimiento perfecto y una coordinación impecable. Siguió una línea imaginaria de mi dedo índice, doblo en la arruguitas de la coyuntura de mi codo, trepo mi brazo, tropezó un poco en las formaciones óseas en la raíz de mi cuello y por fin subió a mi cara a mis ojos y reposo los suyos cansados de tan extenuante paraje. Estaba nervioso lo sé.
El recorrido de mi dedo al hombro me dio escalofríos, la sensación de choque eléctrico desde el comienzo de mis ideas al confín de mi cuerpo, sentí como se ponían en posición de firmes cada uno de mis vellitos obedeciendo su mirada como si fuera el comandante que los "titereteaba".
Me regalo una sonrisa tímida, nerviosa y frágil apenas se asomo, de esas sonrisas tan codiciadas tan esperadas. Dijo su nombre pero estaba tan concentrada, perdida en su mano derecha y todo lo que a ella le seguía, que no escuche, mientras me decía cosas con una importancia tan pobre, sonreía y mi mano seguía prisionera en aquella maravillosa cárcel de barrotes largos y con huellas dactiles, diseñada para mí.
Pude percibir lo húmedo de su palma, cuando le mencione mi nombre, me descubrí, delata por la inseguridad, cuando mi mano atacada por una enfermedad incurable y degenerativa convulsionaba. Me liberó por desgracia, no sin antes que sus yemas conocieran las líneas de mi mano, cada pliegue y arruguita, guardándola en su mente; para capturar mi mano después.

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