Que miedo se siente cuando la luz desaparece,
cuando tus ojos parecen estar cerrados.
Que miedo se siente cuando el agua alcanza tu cuello,
cuando tu nariz no percibe aire.
Que miedo se siente el frió del metal en la piel,
cuando liquido purpura cubre tus manos.
Que miedo se siente el aire en la cara sin esperanza de tierra firme,
cuando las mariposas en el abdomen se vuelven cuervos.
Que miedo se siente cuando el amado no ama, cuando no te extraña.
martes, 30 de junio de 2009
viernes, 26 de junio de 2009
este sentimiento raro que embriaga, que cansa...
Este sentimiento raro, que me perturba de noche, que remueve la arena milagrosa que el buen señor amontona en mis parpados, inquieta mi pensamiento y nubla mi razón, cierra con candados pesados y oxidados mi corazón, amargo de no saber, cansado de fingir y de padecer, exausto de añorarte, frustrado de solo en sueños amarte.
Este sentimiento que embriaga, me quita la razón, venda mis ojos para que tropiece, oculta mis sonrisas y rompe mi risas; frágiles y con miedo a aparecer, sintéticas, reservadas solo para ocasiones muy importantes, asomadas en rendijitas polillentas, amargadas por el tiempo indefinido de un rato que las han obligado esperar, encantadas, inmóviles congeladas.
Este sentimiento pesado que cansa mis pies y consume mi aliento, que marchita mis ganas y finge mi atrevimiento, rompe mis huesos y ruñe mi pensamientos, solo esperando a que caiga muerto. Cuerpo inerte, solo, desafortunado ser que le ha tocado el privilegio de extrañarte, de quererte y condenado a jamás tenerte.
Para él que no olvido y me olvida.
miércoles, 24 de junio de 2009
cada arruguita
Solo me saludo de mano, simple, corriente saludo de mano, no hostilmente, no sofocado, apretado supo darle la fuerza necesaria, el movimiento perfecto y una coordinación impecable. Siguió una línea imaginaria de mi dedo índice, doblo en la arruguitas de la coyuntura de mi codo, trepo mi brazo, tropezó un poco en las formaciones óseas en la raíz de mi cuello y por fin subió a mi cara a mis ojos y reposo los suyos cansados de tan extenuante paraje. Estaba nervioso lo sé.
El recorrido de mi dedo al hombro me dio escalofríos, la sensación de choque eléctrico desde el comienzo de mis ideas al confín de mi cuerpo, sentí como se ponían en posición de firmes cada uno de mis vellitos obedeciendo su mirada como si fuera el comandante que los "titereteaba".
Me regalo una sonrisa tímida, nerviosa y frágil apenas se asomo, de esas sonrisas tan codiciadas tan esperadas. Dijo su nombre pero estaba tan concentrada, perdida en su mano derecha y todo lo que a ella le seguía, que no escuche, mientras me decía cosas con una importancia tan pobre, sonreía y mi mano seguía prisionera en aquella maravillosa cárcel de barrotes largos y con huellas dactiles, diseñada para mí.
Pude percibir lo húmedo de su palma, cuando le mencione mi nombre, me descubrí, delata por la inseguridad, cuando mi mano atacada por una enfermedad incurable y degenerativa convulsionaba. Me liberó por desgracia, no sin antes que sus yemas conocieran las líneas de mi mano, cada pliegue y arruguita, guardándola en su mente; para capturar mi mano después.
El recorrido de mi dedo al hombro me dio escalofríos, la sensación de choque eléctrico desde el comienzo de mis ideas al confín de mi cuerpo, sentí como se ponían en posición de firmes cada uno de mis vellitos obedeciendo su mirada como si fuera el comandante que los "titereteaba".
Me regalo una sonrisa tímida, nerviosa y frágil apenas se asomo, de esas sonrisas tan codiciadas tan esperadas. Dijo su nombre pero estaba tan concentrada, perdida en su mano derecha y todo lo que a ella le seguía, que no escuche, mientras me decía cosas con una importancia tan pobre, sonreía y mi mano seguía prisionera en aquella maravillosa cárcel de barrotes largos y con huellas dactiles, diseñada para mí.
Pude percibir lo húmedo de su palma, cuando le mencione mi nombre, me descubrí, delata por la inseguridad, cuando mi mano atacada por una enfermedad incurable y degenerativa convulsionaba. Me liberó por desgracia, no sin antes que sus yemas conocieran las líneas de mi mano, cada pliegue y arruguita, guardándola en su mente; para capturar mi mano después.
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